Este puertorriqueño de 35 años, aceptado en el programa de etnomusicología de la Universidad de Limerick, se dedica a tocar la gaita.

Estoy convencida que llegará caminando con dificultad debido al peso de su instrumento. Lo imagino con un estuche enorme, como esos que se usan para guardar el contrabajo. Pero, en cambio, llega liviano de equipaje, relajado y mostrando una sonrisa fácil que emana humanidad. “¿Viniste con el instrumento?”, le cuestiono. “Sí, lo tengo aquí”, dice señalando un estuche un poco más grande que una mochila, el cual lleva en su espalda. Sorprendida, lo dirijo hasta el estudio de fotografía, donde se le grabará interpretando su instrumento.

Entramos, abre su estuche, y comienza a juntar piezas mientras nos va explicando con pasión cada una de las partes. Está el saco del aire, los tubos en madera, el puntero, el ronco. En solo segundos, ya está listo. Se sienta en una silla en el estudio, armado con su instrumento, y comienza a tocar. De pronto, el espacio se inunda de un sonido dulce y agudo al que no se le puede ser indiferente. Varias personas que están en el área se acercan con curiosidad para ver de dónde sale la música. Y poco a poco se descifra el misterio.

Hace poco más de dos décadas, el puertorriqueño José Emilio Colón, de 35 años, se enamoró de un sonido. Viendo la película “Braveheart” (1995) escuchó por primera vez la gaita escocesa, la cual le llamó la atención por esa dualidad sonora entre lo triste y alegre. Ese interés inicial se agudizó al escuchar al cantante Jonathan David, del grupo Korn, tocar dicho instrumento. Fue entonces, cuando supo que tenía que aprender a tocar gaita. Fue una pasión inexplicable que se le alojó en el corazón.

Lo primero que intentó fue buscar una gaita en Puerto Rico, pero se le hizo imposible. Luego, buscó si vendían alguna por internet, pero eran demasiado costosas. Sin muchas otras opciones, decidió construir una gaita, con los conocimientos que tenía en madera. Buscó planos del instrumento y así lo fue armando.

El resultado, sin embargo, no fue el esperado. Quedó insatisfecho con el trabajo, por lo que contactó a un primo suyo que vivía en Estados Unidos, quien finalmente pudo conseguirle una gaita que, aunque no muy buena, le brindó la oportunidad de comenzar sus primeras lecciones. El segundo reto fue conseguir un profesor en el país que le enseñara a dominar el instrumento, pero no consiguió. Lejos de frustrarse, José Emilio pensó en opciones hasta que se le ocurrió llamar al Centro Gallego de Puerto Rico, pues sabía que en Galicia también se toca un tipo de gaita. Ahí apareció Tony Rocha, propietario del hoy cerrado restaurante Siglo XX, en el Viejo San Juan, quien lo puso en contacto con José “Pepe” Quiñoy, el cual se convirtió en su maestro.

Luego de meses de lecciones, José Emilio comenzó a tocar gaita gallega en actividades del Centro Gallego de Puerto Rico. Poco a poco fue puliéndose en su instrumento, viajó a España a aprender, y logró dominar la gaita, al punto, que llegó a tocar en el Centro de Bellas Artes de Santurce con el Coro deNiños de San Juan, entre tantas otras actividades.

Lo que me llamó la atención era todo lo que compone el instrumento. Desde la madera, el cuero, el cobre. Más allá del instrumento me gustó la composición. También me gustó lo ronco, las armonías que crea y que es un instrumento que se toca desafinado porque la madera está viva”, expresa con pasión y sin abandonar su sonrisa.

Aunque dominaba la gaita -tanto la escocesa, irlandesa y gallega (pues hay varios tipos de gaitas)- José Emilio no sabía leer música. Luego de graduarse de antropología de la Universidad de Puerto Rico y tras ser aceptado en la Escuela de Derecho, el joven decidió combinar los estudios en abogacía con estudios en música en el Conservatorio de Música de Puerto Rico. Durante dos años estuvo dividiéndose entre las dos ramas hasta que no pudo más y se quitó de sus estudios musicales.

Se graduó de derecho, revalidó, comenzó a trabajar en un bufete defendiendo aseguradoras, y poco a poco fue alejándose de su instrumento. Pero en el 2013 -tras casi perder un dedo con una sierra eléctrica- reflexionó sobre su vida y su carrera. Decidió abrir su propia oficina y retomó su pasión.

Aunque suene clichoso, empecé a valorar más la importancia de mis manos porque pensé que si perdía ese dedo no podía volver a tocar gaita o guitarra. Ese accidente me dio el valor de volver a la música”, cuenta.

En el andar se percató que, aunque le fascinaba tocar gaita -especialmente la irlandesa, la cual se caracteriza por tocarse sentado, sin tener que soplar con la boca- no quería convertirse en gaitero profesional, sino que le interesaba estudiar la música celta, donde la gaita tiene un lugar protagónico. Con ese deseo solicitó en el 2016 al Irish World Academy of Music and Dance de la Universidad de Limerick, en Irlanda.

Narra que la respuesta que recibió de la institución fue de sorpresa porque nunca habían tenido a nadie del Caribe interesado en el programa especializado. Luego de una entrevista por Skype con el director del programa, el doctor Colin Quigley, José Emilio fue aceptado a la institución con una beca que le cubría parte de los estudios. Por razones económicas, no pudo aceptar la oferta en ese momento.

Pero después del embate del huracán María, José Emilio volvió a tocar las puertas de la institución que esta vez le otorgó una beca completa para que complete su maestría en etnomusicología, siendo el primer puertorriqueño en ser aceptado y becado en dicha institución. Allá estará investigando sobre el movimiento de música celta que desde hace varios años viene gestándose en Cuba. “Me interesó saber cómo ha llegado la música celta a Cuba y por qué allá y no aquí en Puerto Rico”, dice sobre su interés.

José Emilio no duda en afirmar que después de tantos intentos, finalmente puede decir que ha logrado su sueño al viajar a Irlanda a seguir una pasión inexplicable. “Digo que este fue el momento indicado. Lo que me gustaría en un futuro es dar a conocer la música celta en Puerto Rico y convertirme en profesor de antropología, pero de música celta”, dice sobre su próxima meta, en la cual seguramente insistirá hasta alcanzarla.


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